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La estetica de la pistola

La estetica de la pistola

La pistola es negra y certera, es elegante y limpia.
Fria, tan fria como el destello de azul colt que proviene de su cagnon, lanzando besos
de fuero a quema ropa.
Es la espada de los cobardes y elegantes asesinos, es el verbo y la palabra, la firma y el enunciado.
Seductora de gran destreza y facilidad, pues un golpe limpio requiere de calma y pulso, mas cualquier golpe requiere de poco para imprimir muerte.

Feminidad de pares y nones, de 6's y sietes, demorada en punteria y juego, en llave y en seguro. Ligera a la funda y al brazo mas demasiado pesada para la mano y el ojo, que con su larga pierna estirada perfora la herida y con un beso veloz, oscuro y condenscendiente termina...

Albatros "7"

07.12.08@ 16:08:24 Email , Categories: Hell

8 comments

Comment from: Jaime velasquez [Visitor]
No mames, las pistolas no sirven de nada util, no benefician en nada, son una mierda, como el escrito de acá arriba y sus exposiciones de arte con cover, no mamen.
12.01.09 @ 23:31
Comment from: karen vil puta [Visitor] · http://irlanda604.blogspot.com/
yo la única pistola que he agarrado es la del nintendo cuando jugaba al duck hunt!!!
13.01.09 @ 00:29
Comment from: Russo Olivas [Visitor]
Jaime Velasquez las pistolas son hermosas, son objetos como los autos,
y ellas no matan gente, solas no se manejan, el individuo se vale de esta para atacar a otros individuos,
la gente mata gente.
14.01.09 @ 23:49
Comment from: Antonio Banderas [Visitor] · http://www.google.com.mx/
gracias a las pistolas ahora soy millonario!
17.01.09 @ 23:19
Comment from: Nintendo [Visitor] · http://www.xhamster.com
La pistola de duck hunt no era negra, era anaranjada. Poco certera. Nunca le atinaba a ningún pato y siempre la tenía llena de chocomilk y salsa valentina.
17.01.09 @ 23:29
Comment from: Sandy Guerrero [Visitor]
Las armas son objetos, objetos creados para quitar la vida. Si desde ahora comenzamos idolatrando al objeto, estamos deacuerdo con la función, algo bellamente perturbarte dada la situación de la sociedad... Mi duda es la siguiente ¿Seguiria apreciandose como bella la pistola si está apuntase a nuestra persona? En lo personal concuerdo con quien dice que son una mierda, al igual que quienes la usan (sea cual sea su uso), está ansia de poder destructivo me repugna al igual que el objeto. Que hagan altares a objetos, quienes esten faltos de algo en que creer.
18.01.09 @ 02:24
Comment from: . [Visitor]
Vayanse todos al carajo.
Preocuparse por atender a un texto mediocre, que se espera recibirá a la gente en una expo igual de pobre.

Parece que la principal razón para exponer en este lugar es la relación social.

¿Para que estudiar o prepararse en el arte? Mejor experimenten nuevas formas de socializar. Al fin y al cabo es lo único que medio les sale bien.
23.01.09 @ 22:45
Comment from: Diana [Visitor] · http://www.diana.com
La reticencia de lady Anne

Egbert entró en la amplia sala oscura con el aire de quien no sabe si entra a un palomar o a un polvorín y viene preparado para ambas contingencias. No habían rematado la pequeña disputa doméstica sostenida durante el almuerzo, y ahora la cuestión era tantear hasta qué punto lady Anne estaba de humor para renovar o abandonar las hostilidades. Su postura en el sillón junto a la mesa de té era más bien elaborada y tiesa; y en la penumbra de la tarde decembrina los anteojos de Egbert no ayudaban gran cosa a discernir la expresión de su cara.
Para romper el hielo superficial que pudiera existir, Egbert dijo algo sobre lo tenue y místico de la poca luz. Alguno de los dos solía hacer esta observación entre las 4:30 y las 6 en las tardes de invierno y finales de otoño; hacía parte de su vida conyugal. Carecía de respuesta fija, y lady Anne no adelantó ninguna.

Don Tarquinio se encontraba tendido sobre la alfombra persa, calentándose a la lumbre del hogar con majestuosa indiferencia por el posible mal humor de lady Anne. Su pedigrí era tan intachablemente persa como la alfombra, y su pelaje entraba ya en el esplendor de un segundo invierno. El criado, que tenía inclinaciones renacentistas, lo había bautizado don Tarquinio. De ser por ellos, Egbert y lady Anne de seguro le habrían puesto Pelusa; pero no eran personas obstinadas.

Egbert se sirvió el té. Como nada indicaba que el silencio fuera a ser roto por iniciativa de lady Anne, se dispuso a realizar otro esfuerzo heroico.

-Lo que dije al almuerzo tenía intenciones puramente académicas -anunció- ; pero parece que le das un sentido innecesariamente personal.

Lady Anne continuó atrincherada en el silencio. El pinzón real llenó aquel vacío con una perezosa melodía de Iphigénie en Tauride. Egbert la reconoció al punto, puesto que era la única tonada que el pinzón sabía silbar, y les había llegado con fama de silbarla. Tanto Egbert como lady Anne habrían preferido algo salido de Terrateniente de la Guardia, la ópera favorita de ambos. En cuestiones artísticas tenían gustos similares. Se inclinaban por lo honesto y explícito en el arte: una lámina, por ejemplo, que pusiera una historia delante de los ojos, con la ayuda generosa del título. Un corcel de guerra sin jinete y con los arreos en patente desorden, que entra trastabillando a un patio lleno de pálidas mujeres al borde del desmayo, y con la anotación marginal de "Malas Nuevas", les sugería la clara lectura de algún desastre militar. No les costaba ver lo que quería comunicar y podían explicarlo a otros amigos de inteligencias más obtusas.

Persistía el silencio. Por regla general, los disgustos de lady Anne se volvían verbales y pronunciadamente desbocados tras cinco minutos de mutismo introductorio. Egbert tomó la jarra de leche y vertió parte de su contenido en el platillo de don Tarquinio. Como el platillo estaba lleno hasta el borde, el resultado fue un feo derrame. Don Tarquinio lo miró con sorprendido interés, que se desvaneció en una esmerada indiferencia cuando Egbert lo llamó a que lamiera algo del líquido rebosado. Don Tarquinio estaba dispuesto a desempeñar muchos papeles en la vida, pero el de aspiradora de alfombras no era uno de ellos.

-¿No crees que nos estamos comportando como un par de tontos? -dijo él de buen humor.

Si lady Anne pensaba igual, no lo expresó.

-Supongo que yo en parte he tenido la culpa -prosiguió Egbert, mientras se le iba evaporando el buen humor -. Mira, después de todo soy humano. Pareces olvidar que soy un ser humano.

Insistía en ello como si corrieran rumores infundados de que tuviese contextura de sátiro, con prolongaciones cabrunas donde la parte humana terminaba.

El pinzón volvió a entonar la melodía de Iphigénie en Tauride. Egbert se iba sintiendo deprimido. Lady Anne no bebía su té. Tal vez se sentía indispuesta. Pero cuando lady Anne se sentía indispuesta no solía ser reservada al respecto. "Nadie sabe lo que me hace sufrir la mala digestión" era una de sus afirmaciones favoritas. Ahora bien, esta ignorancia sólo podía deberse a oídos defectuosos: la información disponible sobre el tema habría suministrado material suficiente para una monografía.

Era evidente que lady Anne no se sentía indispuesta.

Egbert empezaba a creer que recibía un trato irracional; y, naturalmente, comenzó a hacer concesiones.

-Tal vez -observó, centrándose en la alfombra hasta donde se dignó permitirle don Tarquinio- toda la culpa ha sido mía. Estoy dispuesto a emprender una vida mejor, si con eso las cosas recuperan las buenas perspectivas.

Se preguntó vagamente cómo podría lograrlo. Ya entrado en años, las tentaciones le llegaban de modo vacilante y sin mucha insistencia, como un recadero de la carnicería que pide un aguinaldo en febrero con la débil excusa de que olvidaron dárselo en diciembre. No tenía más planes de sucumbir a ellas que de comprar las boas de piel y los cubiertos de pescado que algunas damas se ven forzadas a ofrecer con pérdida, mediante el expediente de las columnas de avisos, durante el año entero. Con todo, había algo impresionante en aquella espontánea renuncia a posibles monstruosidades soterradas.

Lady Anne no dio señas de estar impresionada.

Egbert la miró con inquietud a través de los espejuelos. Llevar la peor parte en una discusión con ella no era nada nuevo. Llevar la peor parte en un monólogo era una humillante novedad.

-Voy a cambiarme para la cena -anunció, con voz a la que pretendió dar una sombra de dureza.

En la puerta, un ataque postrero de debilidad lo impulsó a hacer un nuevo intento.

-¿No estamos siendo muy absurdos?

"¡Qué idiota!" fue el comentario mental de don Tarquinio cuando la puerta se cerró tras la retirada de Egbert; y luego alzó en el aire las aterciopeladas zarpas delanteras y saltó ágilmente a una estantería que estaba justo bajo la jaula del pinzón. Por vez primera parecía notar la existencia del pájaro, pero en realidad llevaba a efecto un viejo plan de ataque, madurado hasta la precisión. El ave, que se había creído una especie de déspota, se comprimió de súbito a un tercio de su porte normal, y echó a batir las alas desesperadamente y a emitir chirridos estridentes. Aunque había costado veintisiete chelines sin la jaula, lady Anne no dio señal de intervenir.

Hacía dos horas que estaba muerta.

FIN
23.01.09 @ 23:51

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